(la mayoría son obtenidas por Victorio, muchas gracias !!!)
Los diez expedicionarios nos reunimos en Pando , sobre las 22:45 del viernes 01/10/2010, para partir hacia el Abra de Castellanos, vía Solís de Mataojo, tal cual estaba previsto a último momento.Luego del reacomodo de los autos al llegar a través de unos caminos de balastro siniestros, máxime a esa hora, logramos dejar uno al inicio y otro al final de la travesía.
Terminamos partiendo desde la portera de la zona de pruebas del Ejército Nacional sobre la 01:00 AM del sábado, con una lluvia persistente que comenzó precisamente al inicio de la aventura y que luego nos acompañó inseparable, casi hasta el amanecer. A esta altura la lluvia en la noche es algo cotidiano, no falta nunca. Qué la parió !!!
Tampoco se tomó especial conciencia del hallazgo de cierta cantidad de cápsulas de proyectiles de alto calibre que vimos y por supuesto recolectamos, granadas -supuestamente de humo y supuestamente ya utilizadas-, y unas cuántas decenas de metros de mecha por doquier, usadas y no tanto. Tomamos un par de metros, como para ayudar a encender un fuego más tarde, quién sabe, no? Ya veníamos con malos antecedentes al respecto y otra vez la lluvia, para colmo.
Y los muchachos de verde habían visto pasar los dos autos juntos una y otra vez por delante de sjus narices, de su campamento sobre el balastro de entrada. Apenas se recortaba la silueta de las tanquetas y las carpas militares en la penumbra. Increíble verlos allí, "¿Justo hoy de maniobras, muchachos ?" Nosotros ibámos y veníamos con los autos por delante de sus narices.
Mucho frío y lluvia, obviamente no les daba para tirarse hasta allá por tres nabos. Esos locos de los autos que andaban por allí seguramente estarían perdidos, no irían a meterse en la boca del lobo y mucho menos a esa hora.
Nuestras "maniobras" no podrían ser premeditadas. Y bueno, se confiaron. Y así de esta forma también se puede llegar a perder una guerra.
Nos colamos por el flanco norte de su defensa, incursionamos en su territorio con nuestros machetes y banderas en alto. Sedientos de victoria -y de un poco de vino-, una vez dentro del monte, ya era tarde para reaccionar.
Solo el helicóptero del Pepe podría haber intentado alguna defensa o siquiera detección de nuestra incursión.
Una liebre y un zorro intentaron detenernos ya casi al inicio sobre el balastro, pero veniamos como un cohete ambos bólidos, con demasiado retraso como para siquiera parar a saludarlos. Salvaron sus vidas de milagro y nada más.
Rumbo a la -maldita- cumbre del -maldito- Cerro Cueva del Tigre, recorrimos zonas de prueba de explosivos, esquivando cráteres que apenas asomaban en la oscuridad, entre una infinidad de rollos de mecha, lingas de acero, rastros de explosiones sobre las propias rocas del cerro, etc.

Una sensación increíble, máxime a las 3:00 AM y todavía lloviendo, como siempre.
Mucho monte, con idas y vueltas, lluvia, espinas, viento frío, siempre circulando a machetazo limpio y muy al final, por algún claro reducido, intercalado entre monte y monte. Seguro que en futuras actualizaciones de Google Earth, figurará el rastro de los nuevos senderos que hemos creado para beneficio de toda la humanidad.
Diego ya conocía bastante el terreno desde la semana anterior, los destinos los tenía claros, simplemente ahora variaría un poco por dónde los abordáríamos, con respecto a su travesía anterior con Gabriel.
Llegamos al fin a la parte despejada de la base del Cerro Aguiar, luego de trasponer uno de los dos peores capítulos de la aventura, este era el primero: El monte nocturno entre esos cerros, el Cueva Del Tigre y el Aguiar.
Algunos subimos a la cima, otros quedaron a media altura, sobre un alambrado. El frío había comenzado a hacer estragos. Nadie podrá saber qué hubiera sido preferible, si quedarse a aguardar el regreso por unos cuarenta y cinco minutos, o tirarse hasta la cumbre, pues frío hacía en todos lados y en ambas opciones.
Abajo al quedarse quieto -transpirado por dentro y mojado por fuera- debe haber estado tan espantoso como al mantenerse subiendo, en movimiento pero con un viento helado bastante mayor.
Luego de despertar bruscamente a unas cuantas vacas que increíblemente dormían en la propia ladera empinada del cerro, tal vez buscando abrigo del viento, llegamos a la cumbre, apagamos nuestras luces y allí Diego nos indica que no era así: atrás nos esperaba otra cumbre, la verdadera.
Cerro traicionero, no se dejaba ver de una nomás, mucho menos a esa hora. Apenas habíamos ascendido, aparecieron las luces de Solís de Mataojo y también las inconfundibles del cinturón luminoso de Punta Del Este. Pero al rato de seguir ascendiendo todo desapareció, las nubes quedaron debajo nuestro, lo que nos provocó una curiosa sensación de aislamiento, ya no se veía nada, ni siquiera las luces de nuestros compañeros allá bajo. En definitiva, ya la primer cumbre los había tapado. A ellos y a nosotros. Por ello, la interrupción del minucioso seguimiento de ellos los hizo pensar que estábamos bajando el cerro por el otro lado. Tenían que ser pelotudos estos locos allá arriba, ¿no? Noooo, nada que ver.
Recordamos especialmente el pasaje de partículas húmedas delante de nuestras luces, era como una llovizna horizontal minúscula, de aspecto muy curioso al pasar delante de nuestros leds. Seguramente eran las propias nubes que nos estaban cruzando, guiadas por un viento constante.
Volvimos a bajar casi a ciegas, por caminos que no coincidían con los del ascenso, hasta lograr divisar las salvadoras luces de nuestros compañeros, bastante apartadas del camino que naturalmente hubiéramos tomado por sí solos para regresar a ellos.
El ánimo general ya había bajado muchísimo por el viento, la lluvia y el plantón. No quedó claro por qué nos separamos, por qué algunos subimos y otros no, casi sin hablarnos.
Las consecuencias de un día de trabajo normal con un cierre de jornada anormal, también hacían estragos, con bostezos cada vez más frecuentes.
Al rencontrarnos decidimos parar por allí a comer algo, una fast-food, nada de asados ni chorizos ni nada, cada uno se arreglaría con lo que se trajo. Diego y Fernando abrieron una madriguera en medio del cerrado monte, pues en las zonas despejadas no se soportaba el viento frío de las sierras.
Intentamos un pequeño fuego allí mismo, dentro del monte, la no propagación estaría asegurada, llovía incluso dentro del propio monte. Al mover las ramas para extraer ramas secas, como combustible inicial, nos empapábamos aún más.
Y en definitiva logramos prenderlo, con un "Observador" del lunes, un par de envoltorios de barritas, una bolsa de papel de panadería, cuatro metros treinta de papel higiénico y ciento setenta y dos ramitas casi verdes y completamente húmedas.
Aquello era más anímico que físico, la llama daba un poco de fuerza al espíritu, aunque también salía bastante vapor de nuestros pantalones y guantes muy próximos a la pequeñísima hoguera.
Alimentamos con algunas ramas de mayor calibre, que no abundaban. De esta forma se mantuvo encendido un buen rato, a pesar de los movimientos bruscos de ramas dentro de la fogata que algunos intentaban. Como el More, buscando obtener quién sabe qué objetivo.
Opiniones de seguir tal cual lo previsto, con Diego a la cabeza. Opiniones de cortar ya, con Franco pregonando "Diegoooo...sacame de la montaña....vamos pal' Celta, dejate de cosas...."
Opiniones intermedias, dubitativas, de Victorio y quién suscribe, en medio de los dos grupos polarizados.
Siendo las 06:00 AM aproximadamente, se vuelven cuatro: Franco, los Pablos y Jóse, uno de los tres amigos que trajo engañados Pablo Ch. mediante quién sabe qué verso. Por otro lado siguen firmes adelante Diego, Fernando, el "Cabeza I", el "Cabeza II". Victorio y Daniel -los más veteranos en edad- dudan, esperando decisiones mutuas, al final ambos se vuelcan a seguir.
Pero no fueron necesarios en ningún momento, casi ni siquiera utilizamos las brújulas, el rumbo estaba bastante claro aún en la oscuridad, lo que estaba turbio era el tránsito de por dónde exactamente tomar en cada tramo que iba de una cumbre a la otra.
A los cuatro autorescatados les esperaría un pesado camino de regreso. En definitiva aparentemente no lo fue tanto, antes de las 08:00 AM ya estaban listos para transportar el Celta hacia el punto final, junto al Gol, que nos esperaba allá lejos, desde la madrugada anterior.


Para él, resultó una interminable cadena de montañas nevadas, en vez de los verdes valles de Chile. Para nosotros, resultó una increíble sucesión de cerros enormes casi pegados, desafiantes, en vez del VW Gol abajo en la planicie, hasta con sus valizas encendidas, como saludándonos.
Esta escalada fue hecha mientras amanecía, rodeada de un escenario peculiar. No se amanece muy seguido en este tipo de entornos, por ello resultaba obligatorio mirar a los costados constantemente para no perderse todo aquello, aún a riesgo de volver rodando cerro abajo y luego tener que volver a empezar.
Luego fuimos en busca del Cerro Dos Hermanos. Lo superamos sin mucho para comentar, el terreno mejoraba sustancialmente, solo pastos, yuyos pequeños y mucha piedra chica y mediana.
El Tupambaé parece ser el hermano mayor de todos los cerros de la región, solamente superado por su padre, el Cerro de las Ánimas, claramente identificable a nuestro frente, al sur.
Volvimos a bajar y luego subir a una cima intermedia -la cual no aparece identificada con un nombre en el mapa- para luego ir por el Tupambaé. ¿Acaso sería el otro hermano que faltaba?

Prácticamente de un lado nos llegaba el olor a coliflor desde Botnia y del otro, el olor a lobo desde el Cabo.
Más fotos, videos y observamos las curiosas formaciones rocosas (¿indígenas o alienígenas?) de la cumbre, un territorio bastante plano y reducido para semejante cerro. ¿Acaso los parientes celestiales del Vampi ya habían estado allí en glaciaciones anteriores? Fue donde más nos detuvimos, el sitio lo ameritaba. Un lugar seguramente con gran energía.
Comenzamos el descenso por el lado opuesto, como lo veníamos haciendo con los tres cerros anteriores, para ir a enfrentarnos con nuestro siguiente rival, el desconocido Cimarrón.
Allá abajo nos esperaba, con un entorno al parecer bastante más complicado, haciendo honor a su nombre. El hecho de bajar y volver a subir tuvo alguna dificultad mayor que los anteriores, hubo que hacer un rodeo, seguir los rastros del ganado allí presente, el cual parece ser bastante hábil para elegir el descenso, para luego poder comenzar a trepar nuestro último cerro.
La vista del Tupambaé a nuestra espalda era impresionante, costaba creer que estábamos allá arriba hace tan solo unos pocos minutos. Ya estábamos coronando nuestra séptima cima, tal cual lo acordado de antemano. Espectacular !!!
A diferencia del anterior, la cima del Cimarrón si bien era más baja, resultaba interminable, se extendía a lo largo, hacia el sur. Y todo está hecho por la Naturaleza con un propósito, ese cerro fue concebido así para aumentar la intriga de cómo bajarlo. Demora en mostrarte el terrible monte que lo rodea detrás, terreno que nosotros deberíamos recorrer en su totalidad para llegar al auto.
Para Diego este cerro era también desconocido, pues con Gabriel la semana pasada fueron directo del Tupambaé hacia el Cerro de la Virgen por un recorrido inconcebible, que apenas se lograba divisar desde allí en el horizonte. Una locura.
A nuestra izquierda, aparecía este cerro, el cual verdaderamente parece ser tres cerros juntos, dos menores a los costados y uno más alto al medio, con la supuesta virgen que algún día visitaremos seguramente. Y por supuesto, tendrá que ser de noche.
Gracias a una llamada de Victorio a Pablo, para que éste moviera su auto para adelante y para atrás, logramos distinguir un puntito negro que se movía, precisamente en el lugar pronosticado por Diego. Un lujo.
En ese momento les comentamos que ya íbamos para allí, que en un ratito estaríamos llegando, que miraran hacia el sol que nosotros bajaríamos de ese cerro, apareciendo desde allí. Y ese ratito se transformó en dos interminables horas, transitando un tupido monte donde el reloj se detuvo y la luz del sol casi desapareció. En medio de esa vegetación, no se sabía si eran las nueve de la mañana o las seis de la tarde.

Un alambrado que bajaba desde el cerro en diagonal, iba directamente hacia los autos. Éste fue nuestra guía permanente. El tránsito siempre fue muy dificil junto a él, este monte constituyó nuestro segundo y último gran escoyo de la aventura.
Casi al final, a punto de perecer sepultados en el olvido debajo de tanto yuyo, optamos por cruzar al otro lado del alambrado, en busca de unas rocas que sobresalían apenas de entre la maraña de arbustos. Sobre ellas debería haber menos vegetación. Y así lo fue, aunque en parte, además ahora se agregaba la complejidad de tener que bajar en escalones.
Seguimos la cañada aguas abajo cruzando a una y otra orilla, siempre intentando contactar algún sendero, en vano. Luego volvimos a cruzar nuestro alambrado guía y al final se produjo el milagro: salimos a un claro, sobre suelo ya horizontal.
Era un sueño, de allí a los autos fueron tal vez un kilómetro y medio más, pero pasó volando era un placer transitar por allí después de tanto monte. Solamente una última cañada fue la última complejidad, como despedida de la zona.
Nos rencontramos todos en los autos, algunos nos cambiamos de ropa, otros durmieron un rato sobre el propio balastro, charlamos, descansamos, tomamos algo, etc.
La aventura terminaba, Diego dormía un rato, pues luego encararía en solitario la recuperación de su campera en el lejano Cerro de la Virgen, que había extraviado la semana anterior. Nos dejó en el Peaje Solís y se volvió otra vez a los cerros con un espíritu a toda prueba.
Terminó recorriendo descalzo la cumbre. Las ampollas por esta travesía y la de la semana anterior le hicieron pasar a modalidad ojota, y luego la rotura de éstas en el barro, lo llevaron directamente a modalidad charrúa.
Fueron cuatro horas más de aventura adicional, en solitario, sin haber encontrado la famosa campera. Quedará para otra vez.
Una linda despedida nos dio ese Cerro Cimarrón, con su ladera completamente cubierta con un monte descendente, sin ningún tipo de caminos ni senderos, ni trillos de ganado, nada.

Recorrer esas cumbres de madrugada en orden inverso, para terminar en el maldito Cerro Cueva del Tigre en horas de la mañana, para volver a verse cara a cara con él, pero a la luz del día.
El Betete será impenetrable, obviamente se debe agravar aún más intentándolo de noche y por fuera de los caminos turísticos, pero nos quedó claro que el Cimarrón no se queda muy atrás.
La mayoría fueron tomadas por Victorio, hizo una excelente cobertura gráfica. Su rostro aparece en unas ciento ochenta y cinco fotos, con ciento ochenta y cinco paisajes diferentes de fondo.
En breve proporcionaremos también algunos videos que pudimos captar durante la etapa diurna.
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