Sábado 29/08/2009: Orientación en Aguas Blancas

Última práctica en el campo, fin del curso de Orientación de Leo Yozzi. Nos juntamos todos sus alumnos en el Camping de Aguas Blancas, sobre Ruta 81, la cual sale a la Ruta 8 a la altura de la entrada de Mígues-Montes, bastante luego de pasar Solís de Mataojo y antes de la famosa –ahora alejada de la Ruta- “Curva de la Muerte” y el Parador Salus.

Se nos planteó un recorrido que comenzaba en un paraje cercano al Abra de Zabaleta, sobre Ruta 81, una vergüenza que se llame “Ruta”. Es para ir a la casa del Intendente de Lavalleja cazarlo y meterlo preso, aún aunque tal vez no tenga nada que ver, pero alguien tiene que ir preso, sí o sí.

Recorrimos la misma en auto, llegando más allá del Retiro de los Padres Salesianos, al cual fuimos a parar casi por error, para luego replantear y ubicar desde allí nuestro punto de arranque convenido, analizando con más detenimiento el mapa. La tardanza de los demás vehículos nos sembró la duda sobre el punto de arranque exacto, éramos los primeros en llegar.

Al final estaba previsto salir casi desde frente al cerro que alberga el Templo Budista (¿?) en su cima, el cual terminó siendo casi una referencia permanente para toda la travesía.

Mónica, Diego, Gabriel, Dasha y quien suscribe, comenzamos cruzando una portera que estaba dispuesta casi sobre la Ruta. El común denominador a partir de ese momento sería el hecho de invadir permanentemente propiedad privada, a pesar de carteles y alambrados, cruzándolos generalmente o abriendo porteras cercanas, si las había.

Atravesamos el Arroyo Mataojo en dos oportunidades, para internarnos en el corazón de lo que sería, a muy grandes rasgos, el enorme, agreste y mayormente deshabitado territorio delimitado por la Ruta 8 a la izquierda, la Ruta 60 a la derecha, al norte el Parador Salus, las proximidades de Minas y al sur la Ruta 81, la cual va de la 8 a la 60 de oeste a este, saliendo de ésta bastante al norte del poblado de Solís de Mataojo.

O sea, propiamente, en medio de la nada.

Como juego o tal vez precaución, encendimos el GPS que llevamos como simple respaldo, marcamos en él las coordenadas de la posición de los autos que allí quedaban en las proximidades de la portera y lo apagamos inmediatamente, pues el mismo no presentaba mucha batería y tampoco tenía sentido utilizarlo para navegar. Podría constituir una herramienta para una emergencia, para el resto teníamos tres brújulas, aunque entre todas ellas no armábamos una sola verdadera.

Dasha aún mantenía intacto su entusiasmo por el novedoso entorno, constantemente se paseaba de un lado a otro, incluso desaparecía de a ratos, iba junto a Mónica, Diego, luego venía un poco con Gabriel y conmigo. Iba y venía, asombrada, sin emitir palabra.

Tal vez fue por el éxtasis que provocaba aquel lugar tan pecualiar, o tal vez porque en realidad se trata de una jóven Beagle hembra muy curiosa e independiente, la mascota de Mónica y Diego, que ahora estaba haciendo sus primeras armas en esta curiosa disciplina de orientación.

Poco a poco nos abrimos camino hacia el descampado ondulado, trepando pequeños cerros, siempre siguiendo un sendero o trillo que figura bastante claramente en el vetusto mapa del Servicio Cartográfico del Ejército del año 67. De a ratos estaba bastante más claro en la carta que en la realidad.

Mapa y brújulas en mano, cada tanto hacíamos alguna comprobación en el campo, incluso identificando algunos cerros sobre el mapa, para calcular las retro-Azimuts desde ellos a efectos de poder estimar y establecer nuestra posición exacta sobre la carta.

No siempre se cumplió lo asimilado en el curso respecto a ésto, seguramente debido a la gran inestabilidad de la brújula utilizada, errores de apreciación, etc, etc. Esta situación constituye un excelente antecedente para la “De Sol a Sol”, estamos totalmente regalados.

De a poco ya se comenzaba a hacer visible a la derecha nuestro segundo Puesto de Control (el Castillo de Batlle), aún sin haber alcanzado el primero. Sin embargo, nuestra trayectoria a través de los senderos elegidos de antemano nos llevaba a hacer un gran rodeo en sentido horario, primero hacia el norte y luego de a poco hacia el este, para regresar un poco hacia el sureste-sur. En medio de todo aquello había un gran desnivel, un oscuro y bajo valle que nos separaba del Castillo. Ahí estaba el motivo del gran rodeo, todo eso pintaba como impenetrable. Y si no es así, pregúntenle a Gabriel y Diego, a ver qué opinaban al respecto, en base a su aventura anterior en la zona.

Esta intensa coloración y su irregular relieve nos quitaba toda tentación de “cortar camino” y llegar (intentar en vano, en realidad) dos horas antes que el resto de los expedicionarios al Castillo.

El primer PC estaba casi a mitad de camino, lo constituía la unión de nuestro sendero con una larga servidumbre de paso, había allí ubicadas varias porteras que daban acceso a diferentes establecimientos. Una verdadera avenida de pasto, muy prolija, que no venía de ningún lado ni llevaba tampoco a ningún otro. Quién podría querer transitar por allí, y para qué hacerlo, con qué fin? Eran las puertas de acceso a otras dimensiones, todo en medio de la nada. Rarísimo.

Habíamos superado algunos montes de eucaliptos, bastante extensos pero lo suficientemente jóvenes como para no figurar en la carta, aún a pesar de haber sido ya talados y vuelto a crecer. Si bien allí había numerosos pasajes a la sombra, la mayoría del trayecto era a campo abierto y el calor se hacía sentir bastante, templando por un intenso viento con temperatura llamativamente agradable para la época.

Los kilómetros se iban acumulando, formando parte de un ejercicio que de antemano pintaba mucho más breve y accesible, pero de a poco se comenzaba a extender demasiado, especialmente para Mónica, quien había sido transportada a este desconocido entorno literalmente engañada con respecto a la magnitud y complejidad de la aventura, y también del tipo de terreno a recorrer.

El cansancio se comenzaba a acusar. Con Gabriel nos fuimos adelantando un poco, Diego permanecía transitando con Mónica en la retaguardia. Dasha se encargaba de tomar contacto con ambos extremos del equipo, iba y venía a visitarnos. Hizo unos cuántos kms más que nosotros. Lo único que la frenaba eran los alambrados, sus cortas patitas le dificultaban el traspaso por sí sola, sin ayuda de sus patrones.

Su clásico colorido blanco de patas y panza ya había desaparecido por completo. Aquello era todo negro, marrón o por lo menos gris. Y en cuanto a fragancias corporales ni hablar, ya se había revolcado en cuanta bosta encontró. Y bosta era de lo que no faltaba, para nada.

Resultaría bastante jodido para llevarla en la falda en el auto, a la vuelta. Seguro haríamos un sorteo a ver quién era el beneficiado.

Allí mismo, entre el PC1 y PC2 nos fuimos agotando nuestras escasas reservas de comida: barritas de cereales, manzanas, mandarinas, ciruelas secas, etc. Algo de agua aún quedaba, por el momento. Incluso para Dasha, para la cual llevaban un pequeño platito para simplificarle la hidratación en carrera.

Constantemente, tanto Gabriel como Diego, nos marcaban referencias de su aventura anterior, hecha aquella vez en sentido contrario, comenzando en el Castillo e intentando alcanzar las líneas de alta tensión allá a lo lejos, que parecían estar casi sobre la Ruta 8.

La rápida caída del sol los hizo desestimar de cumplir con aquél ejercicio autoimpuesto, era imposible saber de antemano cuánto tiempo les llevaría llegar a ese objetivo, por lo que optaron por retornar a la Ruta 81, intentando tomar al sur, a la cual arribaron ya bien entrada la noche, para poder retornar al Camping, por terreno conocido y seguro.

Ya estábamos llegando a la última loma luego de la cual Gabriel aseguraba que arribaríamos al Castillo. Y estaba en lo cierto, él recordaba perfectamente el camino inverso que habían ensayado semanas antes.

A lo lejos llegamos a divisar al resto del contingente, del cual nos habíamos separado casi sin proponerlo pero también sin nada de preocupación, pues esa soledad nos permitiría aplicar mejor el contenido del curso, no simplemente limitándonos a seguir la gente que iba adelante.

Francamente pensamos que ya no los volveríamos a ver, habíamos hecho numerosas paradas esperando a Mónica, realizando comprobaciones con la brújula, subiendo lomas para explorar el entorno, etc.

Llegamos al fin al Castillo, nuestro PC2, por supuesto entramos a su predio sin pedir permiso, como siempre. Accedimos a éste a través de un alambrado lateral y luego por salimos en el otro costado por una portera. Después de quedarnos por allí cerca, consumir algo de agua y sólidos, esperando por algunos minutos el arribo de Mónica y Diego, continuamos la marcha.

Lo haríamos en dirección a un sendero que había tomado el resto de la gente, que ya se volvía a perder en el horizonte visible cercano. Éste generalmente era muy reducido, pues las múltiples y continuas ondulaciones lo acortaban drásticamente, limitando la visual de la trayectoria del grupo a escasos 500mt o a lo sumo 1km. Desaparecían detrás de una loma para luego volver a aparecer en la siguiente, cada vez más difíciles de distinguir.

A esa altura, al reencontrarnos todos en las cercanías del Castillo, se evaluó si Mónica efectivamente se quedaría sola allí, esperando por nuestro “rescate” posterior en el auto. Ya a esa altura era una verdadera locura que ella hiciera el camino de regreso, el ejercicio se nos había ido de las manos.

Eran ya las 14:30 y faltaba todavía todo el regreso. El almuerzo prometido se iba a demorar, sin lugar a dudas. Si consideramos que habíamos comenzado la travesía a las 11:10 y la vuelta pintaba seguramente más complicada o al menos improvisada, el retorno al Camping pintaba cada vez más sombrío, en todo sentido.

Al final Diego y Mónica deciden seguir aún con nosotros en la ruta de regreso, pero manteniendo nosotros una posición de “avanzada” entre el grupo y ellos, para no perder contacto con el contingente. Dasha a esa altura seguía sin opinar, pero tomó de muy buena forma la decisión, seguía yendo y viniendo, llevando el “ok” entre la vanguardia y la retaguardia, por lo menos hasta llegar a Los Tres Cerros, donde no apareció más, tal vez porque ya la llevaban atada.

En ese punto, ya a un par de km del Castillo, en dirección sur-suroeste, el relieve se entraba a complicar y por ello decidimos partir en dos la vanguardia del equipo, quedándome siempre en contacto con el desplazamiento del resto del grupo, comunicándonos visualmente con Gabriel que iba un poco más atrás, haciendo señales de una cumbre a la otra, para que él a su vez se mantuviera a la vista de Mónica y Diego. No estaba nada claro que haríamos con la situación de Mónica, el Castillo obviamente no era el mejor lugar para que quedara sola a esperarnos, y ahora todo nuestro pequeño grupo estaba desperdigado, a lo largo de más de un km de sierras.

Tomamos contacto con el grueso de la expedición comandada por Leo, luego de correr cerro abajo, arrancando alocadamente desde la propia cima de ese lugar tan peculiar (la cumbre del mayor de Los Tres Cerros). Según la carta, son unos 340 mt, desde allí la visibilidad era enorme, por supuesto que desde allí estaban más que a la vista el Templo Budista y los dos cerros claramente identificables que habíamos tomado de referencia para las retro-Azimuts, casi al inicio de la caminata.

Una vez tomado el contacto con el numeroso grupo, trepábamos a la cima siguiente y hacíamos las señas a Gaby posicionado en la anterior, quien respondía con un “ok”, manteniendo a su vez el contacto visual con Mónica y Diego.

Debido seguramente a que se estaba haciendo demasiado tarde, el grupo comenzó a alejarse rápidamente de nosotros, proponiéndose hacer tramos cortos por vez, de una loma a otra, de cima en cima, para luego volver a replantearse la nueva trayectoria.

La última estrategia que pudimos compartir con ellos era la de transitar por una verde pradera bastante despejada, para luego trepar a una pedregosa cima, para volver a evaluar, siempre manteniendo un curso más o menos ideal de acuerdo a las brújulas, las cuales eran consultadas en cada parada.

Precisamente al desaparecer todos ellos de nuestra vista en alguna de las escalas, nos sorprendió al llegar corriendo y volver a verlos a todos juntos en una formación muy cerrada, dispuestos casi en un círculo sobre una cima, como si estuvieran rezando. Acaso ya estábamos todos irremediablemente perdidos y se estaban encomendando al cielo ?

Negativo, estaban consultando las brújulas, para rápidamente tirar un nuevo rumbo y seguir.

Luego de transitar por esa pradera de acuerdo a lo previsto, el grupo comenzó a tomar un camino que obviamente no conducía a la cima pedregosa que habríamos de alcanzar todos para luego volver a evaluar. Leo seguramente cambió de planes en medio de ese nuevo trayecto, por la impenetrabilidad de esa loma.

Allí en ese punto exacto comenzaría el principio del fin, comenzaría un nuevo capítulo totalmente distinto, al menos para nosotros, los del grupito de la retaguardia.

Los expedicionarios ahora comenzaban a introducirse en un monte muy cerrado de arbustos y espinas, hacia la derecha, siguiendo un angosto sendero que solamente Leo sabría a dónde los conduciría, o tal vez ni éso, pues el mismo no figuraba ni en el mapa.

Lo estrecho, cerrado y sinuoso del mismo incluso provocó que algunas muchachas del final de la fila se desconectaran del resto, intentado reconectarse mediante llamados en voz alta. La marcha a través de ese sendero a veces era encorvados, agachados. A esa altura, ellas constituían nuestra referencia visible con el grueso de los caminantes, interrumpida a veces por tener que “rendirle cuentas” a Gabriel, apenas alcanzábamos alguna loma con visibilidad hacia atrás.

Ya era momento de tomar nuevamente contacto con Gabriel y el grupo mayoritario se perdía en medio de la vegetación, por lo que decidimos abandonar el contacto definitivamente con ellos, encendiendo el GPS, esperando ansiosamente la señal y marcando ese trillo casi invisible desde pocos metros, para poder hacer un retome, luego de reportarnos desde alguna cima cercana.

Pero la distancia con Gabriel hacía crecido drásticamente, por lo acelerado del tránsito del grupo, que ya se había perdido rápidamente en medio de aquél monte cerrado. Nos costó bastante llegar a una cumbre, con una visibilidad mínima para poder ser vistos.

Tal fue así que demoramos bastante en llegar a una cumbre cercana despejada. El contacto vía celular se hacía difícil, permanentemente se perdía la señal, se cortaba la comunicación constantemente, o directamente no se establecía.

La orientación del sol, casi sobre nuestras espaldas, no contribuía a que nos vieran claramente desde la cumbre anterior. A esa altura, incluso había quedado una loma intermedia entre nosotros. Mónica y Diego ya estaban con Gabriel y si bien ellos eran claramente visibles sobre la cumbre, con sol a favor nuestro, ninguno de ellos nos lograba divisar con el sol de frente. La distancia de separación tal vez era de casi un km o tal vez más, imposible de calcular. Si bien allí la comunicación por celular era más fluída, por más señales y pistas que proporcionáramos, no nos divisaban, nos quitamos la remera blanca, agitándola, junto con la mochila naranja. Todo era en vano, hasta que luego de un rato, Mónica nos logró divisar a la distancia.

Gabriel nos comunica vía celular la decisión definitiva de Diego y Mónica de volver al Castillo, le entregarían la llave del auto a él para luego quedarse esperándonos allí por nuestro regreso en el auto a buscarlos, ahora entrando por la Ruta 60, por el lado opuesto al que habíamos transitado.

Allí optamos por aconsejar a Gabriel que no se moviera de esa cumbre, él estaba en un lugar privilegiado para ser ubicado, a diferencia nuestra, al menos desde nuestra perspectiva, con la iluminación de un sol que comenzaba a caer inexorablemente, en detrás de la Sierra de Minas, lo que haría aún más corta la tarde.

Lo que parecía algo muy sencillo se complicó inauditamente, perdimos rastro con el sendero, desapareció todo rastro de camino, trillo, o algo que se le pareciera, al intentar descender de esa cima en dirección a Gabriel. Ni siquiera se lograba tomar contacto con ninguno de los cerrados caminos que hace el ganado al transitar de un cerro al otro, no aparecía nada de nada. Estábamos en medio de un cerrado monte de arbustos y espinas, una estrecha vegetación muy similar a la que nos topamos en Las Cumbres en la Columbia Challenge, aquellas “manos” que nos frenaban en todas direcciones, tomándonos de la ropa.

Precisamente recordando esa peripecia, optamos por quitarnos nuevamente la mochila e incluso la remera de encima, para disminuir los enganches y poder avanzar mejor, a pesar de aumentar drásticamente los cortes y rayaduras en la piel, en medio del nerviosismo y cierta desorientación que iban en aumento.

Era el momento de volver a encender el GPS, cuya carga de batería a esa altura cuidábamos como el pan. Tal vez en demasía, los fantasmas de terminar la recorrida de noche comenzaban a planear sobre nosotros.

Durante unos 45 minutos intentamos reposicionarnos en ese sendero que habíamos abandonado para ir a la cumbre, en medio de la maleza, sin ninguna idea horizontal de hacia dónde íbamos. Auxiliados por el GPS intentamos salir de esa encrucijada tomando el rumbo que su navegador nos indicaba. Pero no nos fue posible, llegó un momento que nos indicaba que estábamos a 27 metros del punto grabado sobre el sendero antes de abandonarlo, fue el punto supuestamente más cercano que estuvimos de alcanzarlo.

Manteníamos, dentro de lo posible, la comunicación con Gabriel, corroborando si él permanecía en la misma posición., o si había decido cambiar la misma ante nuestra incomprensible demora. Permanentemente le comunicábamos que nuestra idea era ir en su encuentro, pero nos resultaba imposible salir de allí, de esa maraña de matorrales.

Para colmo, el descenso de la cumbre era en el sentido inverso a la posición de Gaby, por lo tanto en algún momento tendríamos que dar un rodeo de 180º para ir en trayectoria hacia su encuentro.

Ni siquiera era posible dar con el trillo en la supuestamente ya transitada y conocida dirección opuesta. Llegó un punto en que el GPS, indicando esos malditos y memorables 27 mt o algunos menos con respecto al punto grabado, comenzó a girar su indicador en todas direcciones.

Nos comunicaba incluso que estábamos llegando al punto de destino, sonora y visualmente, pero el error que presenta este tipo de receptores si bien a campo abierto puede resultar algo irrelevante, en el medio de esos matorrales era sumamente crítico, debido al cual comenzamos a recorrer esa maraña de espinas en círculos, buscando desesperadamente el trillo, describiendo círculos concéntricos cada vez más abiertos, con la esperanza de interceptar el camino tan buscado.

Al final, optamos directamente por apagar el GPS, un poco por bronca y otro poco por tener claro que sería nuestra única ayuda durante la noche, sin posibilidades de fuego, sin linternas, sin nada.

Ya estábamos pensando en la noche ? Algo andaba mal, obviamente...

En algún momento, una entidad superior nos reposicionó en el rumbo y dimos con un estrecho sendero, para poder levantar un poco la vista y transitar más cómodamente. Éste en definitiva nos permitió regresar a encontrar a Gabriel, no sin antes tener que dar un montón de rodeos y tener que seguir senderos cortos que terminaban en la nada, seguramente generados por el ganado, para luego volver al punto de partida, tipo laberintos. Además eran demasiado estrechos para hacerlos caminando una persona de estatura media en posición normal.

En ese momento intentamos acudir a una llanura cercana, de acuerdo a precisas indicaciones de Gabriel que recibimos en un SMS que nos había enviado minutos antes. Nos pareció una medida acertada, pues nosotros teníamos claro de qué hablaba y al parecer él también, era un lugar candidato para reencontrarnos.

Sin embargo, al llegar a la misma, si es que en definitiva llegamos a ella en algún momento, cuando intentamos divisar la cumbre donde él se encontraría, no logramos hacer contacto visual, por lo cual optamos por llamarlo nuevamente al celular, pero al bajar tantos metros ya no había señal.

Volvimos a subir y retomamos el improvisado camino de regreso, llegando al fin a la distante cima del postergadísimo encuentro pactado.

Todas esas vivencias en solitario nos indujeron a tomar la más errada de las decisiones personales del día: el regreso al Castillo.

Para poder reunirnos todos en un punto, para intentar un rescate o auto-rescate a partir del mismo, pero ahora hacia la Ruta 60, con auxilio exterior o no, o también pensando en la alternativa de deshacer todo el camino transitado desde la portera inicial, pasando por el PC1, ahora en el sentido contrario. Una locura, una propuesta anímicamente imposible de plantearse.

Gabriel acató la decisión sin objeción. El hecho de que Mónica y Diego quedarían allí solos en el Castillo a la espera de nuestro regreso ya nocturno, tal vez tampoco ayudaba mucho en decidir otra cosa, en ese momento.

Lo correcto hubiera sido perder algunos minutos más, en definitiva no harían la diferencia en tanto tiempo perdido. Tomar la carta, posicionarla con ayuda de la brújula, chequear los accidentes geográficos claramente identificables sobre el mapa y estudiar posibles rumbos. Y luego entre los dos decidir, con la cabecita bastante más fría, por dónde tomar a partir de ese punto, intentando terminar la mayoría del recorrido de vuelta al auto con luz solar.

El estudio posterior de nuestra posición mediante Google Earth al otro día, nos mostraba la dimensión exacta de nuestro error fatal, al demostrarnos que no estábamos tan lejos del objetivo final previsto.

En esas condiciones, al pensarlo mejor, seguramente la decisión nunca hubiera sido la de regresar al Castillo de Batlle sino la de continuar, en dirección a la portera inicial, donde quedó el auto. Es posible que si Diego y Mónica hubieran decidido quedarse de primera en el Castillo, con Gabriel hubiéramos completado el recorrido con el contingente, sin mayor dificultad, simplemente siguiendo a la gente.

Pero a esa hora, aún resultaba una infamia sentarse a esperar en el Castillo a que los vinieran a buscar, la decisión de seguir era totalmente comprensible.

Retornamos entonces al Castillo, desandando todo ese ondulado camino, con gran asombro por todo lo que tuvimos que retroceder, había quedado realmente muy atrás como para estar volviendo ahora.

En las proximidades del Castillo retomamos contacto con Diego y Mónica, a los cuales ya les había llamado mucho la atención de la permanencia de Gabriel en aquella cima, por tanto tiempo, esperando nuestra aparición.

Tomamos todos juntos el acceso que nos llevaría a la Ruta 60 hacia el otro lado. La misma estaba lejísimos, mucho más lejos de lo pensado, otro desconocimiento que personalmente nos indujo a tomar la decisión incorrecta, el cual podría haber sido evaluado previamente sobre el mapa, sin problemas. Fue una suma de errores.

Diego decide entonces ir corriendo hacia la Ruta para adelantarse a pedir ayuda, hacer dedo, lo que sea. Se separa de nosotros, bajo las quejas desesperadas de Dasha al constatar su alejamiento repentino. Hubo que mantenerla atada durante todo el trayecto, pues era seguro que en cualquier momento de distracción nuestra podría seguir los alocados pasos de su patrón.

Paralelamente habíamos dejado un par de mensajes hablados a Leo en el celular, el cual nunca acusó tener señal, seguramente allá en el llano del Camping. En dichos mensajes indicamos nuestra decisión de salir a la 60 desde el Castillo, a ver si alguien de ellos o bien algún extraño que nosotros procuráramos nos podía arrimar y que si escuchaba ese mensaje que nos llamara para ver qué podíamos hacer.

El pasaje de vehículos por la ruta era prácticamente imperceptible, ya sea por la escasez de los mismos o por la lejanía. Desconocíamos totalmente la suerte de Diego, quien desapareció de la vista en la primer curva de aquel camino tan sinuoso, que alargaba aún más el total de kilómetros a transitar, con respecto a la mirada directa hacia la Ruta 60.

Hicimos alguna parada para que Dasha se bañara con gran entusiasmo en un pequeño tajamar. A esa altura, ya hacía un rato que no teníamos más agua, por lo que personalmente decidimos acompañar al canino, no para bañarnos pero sí para saborear aquella agua llena de partículas de barro y quién sabe qué más, además de un fuerte sabor a la tierra de mi país. Incluso ya habíamos pensado en poner la jeta en alguna huella que dejó algún vehículo 4x4, generando pequeños charcos de agua con barro. La sed se agravó en una de las llamadas que hicimos a casa, para que no se pusieran nerviosos, por nuestra larga incomunicación o tardanza. Del otro lado, contestaban: “Nerviosos acá? Para nada, si estamos tomando Coca-Cola tranquilos y comiendo Pasta Frola de dulce de leche...” No podés decirme éso !!!

Habiendo transitado algo más de dos tercios de ese camino, entra la llamada de Diego avisando que venía en nuestro rescate, en el vehículo de Leo. Luego sabríamos que dicho encuentro fue casual y que se debió gracias a que Diego se adelantó corriendo, pudiendo interceptarlo ya sobre la propia Ruta 60.

De lo contrario, no era seguro que Leo hubiera entrado por nuestro camino, es probable que hubiera seguido por la Ruta, en dirección norte, como para Minas, buscando otra entrada. Ésto nunca se aclaró, pero...tal vez si hubiera sucedido, estaríamos aún caminando hoy hacia el auto...

Pareció una alucinación ver la peculiar camioneta-jeep-furgón Land Rover de Leo trepando por ese camino hacia nosotros. Subimos todos, nos acomodamos como pudimos e iniciamos el rápido regreso por la Ruta 60 y luego tomando la 81 a la derecha, hacia el auto de Diego.

Poco a poco, en forma cada vez más creciente, nos invadió una vergüenza enorme por todo el trayecto que Leo tuvo que hacer para “rescatarnos” de aquellas soledades. Especialmente al constatar lo lejos que quedaba el Camping con respecto al Castillo, si uno lo hace en vehículo. Era una locura transitar por aquella Ruta 81 hecha pedazos, no se la deseo ni al auto de mi peor enemigo. Es posible que Leo haya tenido que hacer casi 60 km de ida y vuelta, mayoritariamente por esa ruta perdida y abandonada. Y a pesar de que él fuera el organizador, a nuestro entender no le cabía la responsabilidad ni mucho menos, todos éramos bastante adultos y sabíamos perfectamente en qué nos metíamos.

A la vergüenza de haber convocado a Leo en ese rescate insoportable, se sumaba la duda de todo lo decidido y realizado en los momentos clave, más el cada vez más firme convencimiento de que tendríamos que haber seguido adelante.

Mea culpa. Lo siento, les fallé a todos en el peor momento, en el de la decisión fundamental, en el momento y lugar crucial. Las disculpas del caso, aún siento una vergüenza enorme, y lo que nos quedó fue un puñado de experiencias nuevas para aplicar en el futuro, una lista de cosas y acciones a evitar o al menos repensar mejor.

También nos quedó una sensación muy peculiar de haber quedado encerrado en ese monte, en medio de una impotencia total de poder salir, al cual nos metimos solitos, perdiendo el trillo y luego no pudiendo volver a tomar contacto con él. También pasó por nuestra cabeza la posibilidad cercana de haberlo hecho en familia, con los niños, y ahora estar allí todos estancados en medio de la nada. La decisión de haberlos excluído de esta aventura en un principio parecía algo mezquino y egoísta, pero a la larga, la realidad nos dio la razón.

Analizando la experiencia vivida ahora, en retrospectiva, ya fuera de la situación de apremio por la gente que hubiera quedado esperando por un buen rato en el Castillo y estando alertada nuestra familia sobre la situación sin peligro pero sí con mucha demora en el regreso, resulta sumamente tentador el hecho de haber tenido que “hacer noche” obligadamente en aquel lugar. Hubiera sido espectacular.

Una lástima no haber tenido nada con que encender un fuego, ni una linterna, nada. Por supuesto siempre pensando en pasar la noche allí, pero fuera de esa maleza llena de espinas que impedía caminar erguido, obviamente.

Si pensamos ahora en una posible picadura de víbora precisamente allí dentro en el peor momento, seguro ahora éramos boleta, dependiendo obviamente del tipo de ofidio.

Era imposible ubicarnos incluso con un helicóptero, sin un fuego, sin humo de por medio, solamente hablando por celular. Las referencias eran imposibles de establecer por esta vía y quedó ampliamente demostrado, ni siquiera nos veíamos de una cumbre a la otra, con entornos bastante despejados.

Leo nos dejó ante el auto, nos despedimos por un rato, solicitando las disculpas del caso, muertos de vergüenza y dejándole algo de efectivo como para por lo menos pagar el gas-oil consumido. Como le dijimos, el “garrón” que se comió por “rescatarnos” ya no se lo pagaría nadie, no había forma de retribuirlo.

Más allá de la molestia que obviamente le causamos, Leo no dudó ni un instante en la decisión de irnos a buscar, fue un fenómeno. Gracias, Leo, eternamente deudores !!!

Volvimos a reencontrarnos en el Camping, ya quedaba poquísima gente, las sombras comenzaban a ganar el terreno y las brasas debajo de las últimas hamburguesas se hacían cada vez compañeras más visibles. Almorzamos/cenamos junto con Leo que también llegaba invicto en ese tema.

También compartimos con algún otro participante que se quedó para regresar con nosotros en el auto o bien que pasaría la noche en el Camping al igual que él, esperando por una carrera que se correría al otro día en Minas.

Era el caso de Pablo Lapaz, a quien no reconocimos en ese momento, tal vez por la oscuridad reinante. Un verdadero festival de tardías pero numerosas hamburguesas, acompañadas por abundante bebida puso el broche final a esta improvisada aventura, en un escenario inigualable, adonde es seguro que volveremos por la revancha, ya sea a pie o en bici. Esto no quedará así de ninguna manera, totalmente impune. Seguramente antes de irnos para el Parque de los Quietos volveremos a trotar alguna tarde por ésos Tres Putos Cerros de mierda.

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